jueves, 3 de febrero de 2011

Capítulo 15

Y a veces hay que echarle un par de pelotas a la vida, afrontar los malos momento, enfrentarse a la realidad, hacerle un favor a la conciencia y mantenerla tranquila. Aprieta fuerte los puños intentando romper los bolsillos, intentando aliviar el dolor. Tiene que hacerlo por el bien de su alma, no puede dejarla marchar, como si gritase ¡Libertad! Por fin sale del baño.
Decidido, sabe lo que tiene que decir, de verdad necesita soltar todos esos sentimientos que aparecen constantemente minuto tras minuto y cada vez que mira el reloj. Busca la habitación y ve a una chica que sale de su destino, la 216. Vuelven a sudarle las manos y tiene una rara sensación, como si una manada de elefantes fueran a abalanzarse sobre el, siente miedo. Eso no lo había preparado y es que, nada puedes esperar.

·¿Vienes a ver a Patricia?-preguntó Sara con cara de no saber muy bien si debía haber abierto la boca.
·mm...-Y le tiemblan hasta las puntas de los dedos de los pies, mente en blanco.
·Nunca te había visto, ¿eres su amigo?
Y finalmente habló, entre balbuceos.
·eee...soy el chico que...-las palabras se le trababan-...bueno yo, fue un accidente, yo no quería.
·¿Que ocurrió?-dijo Sara rápidamente, curiosa. Sin querer juzgarle. ¿Para qué?
·Iba con mi chica, e...bueno mi ex, íbamos por una calle estrecha y cuando llegamos a la rotonda, no me dio tiempo a reaccionar, la moto...chocó contra el coche. Yo.. me siento culpable, lo siento mucho-se dijo a si mismo que no llorara, conteniéndose, esa chica no podía verle llorar.

Y como se había prometido así misma no le juzgó y le vio tan triste, temblando, que lo único que pudo hacer fue darle un abrazo pues ella también necesitaba cariño en esos días tan duros, había sufrido mucho. Se despidieron y entró en la habitación. Entró sigilosamente, como si el más mínimo ruido lo fuese a estropear todo y allí estaba ella. Era preciosa, pensó; y se acercó hacia la cama.

·Hola, soy David..-dijo tímido
·Yo Patri-Y pensó no puede ser, es él...Se le corrompen los huesos.
Finalmente Patri sonrió y se puso más erguida para poder darle dos besos. Ella también pensaba que era guapo y además, le traía un regalo. David le pidió perdón y ella embobada y nerviosa, pues era el chico que le gustaba y que había espiado las tres últimas semanas y que ahora, por circunstancias de la vida, estaba allí, escuchó todo lo que éste le dijo. Descubrió que era el coche contra el que chocó. Curiosa coincidencia. Pensó que la situación era genial pero se acordó del día del accidente y las lagrimas se asomaron.
·A...bueno, fue un accidente, ¿no?, olvidémoslo-dijo Patri. Había pensado en eso mucho tiempo dándose cuenta de que en realidad nadie tenía la culpa, había sido un accidente, y punto. Los médicos dijeron que el conductor del coche no iba borracho, había dado negativo en la prueba. Ella iba muy rápido. Y además, era él.
Y hablaron de todo, de los estudios, de que el trabajaba, de la vida, las fiestas, el tiempo y la lluvia, bromearon, intercambiaron miradas intensas que provocaban escalofríos. Y entonces él le habló de su ex, no podía creerlo, estaba soltero y en su habitación. Creyó que era una oportunidad perfecta. Y también pensó que era el mejor día de su vida, ya había sufrido bastante. Le regaló un collar de cuero que inmediatamente se lo puso, se despidieron prometiéndose volver a verse, esperanzadas promesas. Y ella sonríe y se agarra fuertemente contra la almohada, está ilusionada, está contenta, no puede creerlo. Las casualidades de la vida...

miércoles, 2 de febrero de 2011

Capítulo 14

Pasos cansados y manchados de barro. Gira a la izquierda y otro pasillo igual, mismas características, mismo olor nauseabundo...Pasos que tropiezan. Pasos que cruzan pasillos rodeados de armonía, de paredes blancas. Caras tristes esperanzadas. Pasos tras pasos, que van pesando cada vez más y más y más... Pasos que llevan en su interior dolor, tristeza y sobre todo culpa. Culpa que no le deja dormir, que le hace sentirse como si llevara cinco minutos debajo del agua a punto de perder el conocimiento, sintiendo ya el agua por los pulmones, al borde de la muerte, el abismo. Lleva cinco días vomitando, sin atreverse; pero se ha armado de valor... ¿y que dirá?, ¿le dejarán entrar?, ¿cómo se disculpará? Y de pronto se detiene, se asusta, se mira las puntas de los zapatos y ese cordón ligeramente desatado le explica que nada es perfecto, que cometemos errores, que incluso quizás él ni siquiera tuvo la culpa de que su matricula se estampara de lleno contra una mata de pelo morena. En el mismo momento del trágico accidente pensó que él sería el que perdería el control pues tenía los nervios a flor de piel, el no era así y no sabía como podía haber ocurrido; pensaba que se iría en ese mismo momento pues su corazón latía apresurádamente dirigiéndose directamente al corredor de la muerte y haciendo que dejara de vivir en este loco mundo que lo único que busca es enredar todo; como esos cordones negros... Le tiemblan mucho las manos, se le forma un nudo en el estómago y ahí están otra vez esas ganas de vomitar, vomitar culpabilidad y miedo, un miedo inmenso. Ahí está la puerta, la habitación 216. No puede, da media vuelta, corre incluso y entra en el baño de los chicos como si se escondiera de alguien o de algo. Se moja la cara, vomita, vuelve a mojarse la cara, respira unas quinientas veces lentamente hasta que su respiración deja de ser agitada. Se tranquiliza y llora, cuatro paredes testigos de un llanto, un llanto contenido durante tres días, no se lo ha contado a nadie, no puede; incluso su chica le ha dejado pues no aguantaba más sus silencios incomprensibles, el hecho de que no contara con ella para nada y además no soportaba más que tomara decisiones que no le correspondía pues a veces hay cosas que se nos escapaban, hay sentimientos y acciones que sólo puede afrontarlas el corazón, nadie puede decidir. Y una voz le habla desde lo más dentro de su ser "se fuerte, enfréntate a la vida...", "Haz lo que de verdad sientes, libérate". Y esa voz permanecería ahí durante el resto de su vida como la voz que le salvó de caer en un vacío sin salida ni salvaciones, ayudándolo a salir a la superficie siempre que las piernas y su subconsciente le fallaban.

Entonces se miró al espejo y pensó en tropecientas cosas sin sentido, frases sueltas, sentimientos, y decidió que sería él mismo, que haría lo que de verdad estaba sintiendo y que necesitaba escupir, soltar, desprender, necesitaba deshacerse de ello. No sabía hasta que punto podría cambiar su vida...