Ali, pues así le gustaba que la llamaran, era diferente al resto de chicas, mientras todas se paseaban delante de los chicos que jugaban al fútbol sala, ella prefería tumbarse en la hierba devorando viejas páginas de libros de segunda mano, ya que a ciencia cierta, eran los únicos amigos que ella poseía. La pequeña Ali. Además, soñaba con hacer algo importante: algo para poder ayudar a los demás algo cómo ayudar a todos aquellos niños con barriguitas hinchadas, hambrientos de cariño pero sobre todo de hambre. Ali era humilde y soñadora. Estaba ansiosa por tener un loco amor como los de las películas, algo que jamás olvidaría.
Pero Alicia no veía el lado positivo de las cosas, su padre acababa de morir y no tenía un hombro donde apoyarse o unos labios donde disfrutar de una triste y larga pena. Quería gritarle al mundo: “¡Papá, te quise, te quiero y siempre te querré!” Pero sentía que si lo hacía los pájaros acallarían su voz componiendo una melancólica canción, la canción del último tren, la última sonrisa.
Ella era de tez morena. Llevaba el pelo siempre recogido en una bonita trenza que terminaba con un lazo de color blanco. Le encantaba que se moviera libre con el viento y que se formaran sombras en el suelo…Sus ojos reflejaban la pérdida de su padre, y paradójicamente había heredado ese color miel que le caracterizaba. Sin embargo, encontrarse con sus propios ojos frente al espejo sólo le recordaba aquella mirada que la había protegido durante tantos años, y esto hacía que ríos de lágrimas cayesen por sus mejillas, sin cauce y hasta lograr empañar el cristal del baño. Lo adoraba y todos y cada uno de los días que tiene un año jugaban juntos al escondite. Ambos eran amantes del aire libre y les encantaba recoger moras en otoño. Ella siempre cogía menos que su padre pero era tan feliz… Nunca pensó qué aquello que oía por las noticias podía pasarle a ella, jamás se hizo a la idea de que podría vivirlo tan de cerca, nunca imaginó que un accidente de tráfico le robaría toda esa felicidad, se la llevaría, de prestado, sin pedir permiso y sin pedir perdón.
Era muy guapa, pero nunca nadie se lo había dicho. Nunca nadie le había dicho que sus labios eran capaces de poner nervioso a cualquiera, o que su mirada era capaz de partir en dos las mazorcas de maíz. Nadie le había echo ver que ella era puro algodón de azúcar. Nadie hasta ese Miércoles de mediados de Septiembre, Álvaro.
Fugaz, inesperado, un amor apunto de florecer...
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